20 jul. 2014

Misantropía y corrupción

Donde no había nada y todo era puro, cuando la inocencia inundaba la realidad y los ojos miraban a descubrir lo misterioso de un mundo iluminado por rayos de luz desconocida, no había explicación para lo que a los sentidos se presentaba y sin porqués de lo natural se disfrutaba. Era sólo entonces cuando todo mantenía su esencia en sí misma, una esencia aún sin corromper, limpia y clara, transparente como el cristal, alumbrada por la luz del alba.

En ese camino de incógnitas plagado, el ser humano comenzó a caminar, al principio sin saber, sin plantearse nada concreto, tan sólo caminando hacia delante, sin ser capaz de pensar en lo ya pasado, viviendo simplemente al día, era su ignorancia su mejor arma para enfrentar la realidad en la que se encontraba envuelto, su espíritu salvaje era su más preciado don para mantenerse a salvo en el terreno de lo desconocido. Pensamiento simple, automático, instinto de supervivencia, valiendose de lo que el entorno ofrecía, siempre en la justa medida, sin explotar por avaricia, respetando equilibrio y armonía.
Evolucionó sin ser consciente de ello, los restos de lo anterior entonces poco sentido tenían, simplemente cambiaba, aprendía, se desarrollaba, adaptándose a un medio que con el paso del tiempo más hostil se volvía. 

En medio del cambio, apareció el tesoro más preciado, lo único capaz de expresar el pensamiento y el sentimiento, el lenguaje, lenguaje que sólo fue puro cuando nació, cuando se usaba con un propósito claro, con un objetivo sincero.
¿Cómo de lo más hermoso se ha hecho lo más doloroso? ¿Cómo de algo con tanta belleza se ha hecho la más mortal de las armas? No hay espada más afilada que la lengua del ser humano, no hay bala más mortífera que la palabra que en el corazón se clava, su onda expansiva resuena en los oídos, en la mente, en el alma y su eco en el cuerpo es eterno, dejando cicatrices que para siempre son triste marca.

El más valioso regalo, con el tiempo se ha corrompido, cada vez que se dice una mentira se apuñala el don más sincero, de lo que debía ser fuente de comunicación y unión se ha creado un infierno de falsedad e hipocresía, ya jamás volverá a recuperar su brillo claro, pues tantas lenguas envenenadas lo han matado, de tanto juego oscuro de palabras se ha manchando lo único que se presentaba como vehículo para explicar lo incierto. Ahora ya sólo queda un puñado de mentiras cubiertas de colores vivos que al mirarlos de cerca vemos que en realidad están muertos.

Pero no asistimos al funeral del lenguaje, no asistimos a la muerte de la lengua, a lo que de verdad asistimos es a nuestro propio funeral, a nuestra propia muerte, pues nosotros mismos con nuestro cinismo, con nuestros engaños, con nuestra crueldad, hemos dado la estocada final a lo que una vez nos hizo humanos. Somos después de tantos siglos de evolución un amasijo de carne y huesos, que por culpa únicamente nuestra, sólo da gritos de desesperación.